… en todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío.

Al verla caminar por la vereda de enfrente, todas las variantes se amontonaron y revolvieron en mi cabeza. Dio vuelta en la esquina de San Martín, caminó unos pasos y entró en el edificio de la Compañía T.



Volví a casa con la sensación de una absoluta soledad. Generalmente, esa sensación de estar solo en el mundo aparece mezclada a un orgulloso sentimiento de superioridad: desprecio a los hombres, los veo sucios, feos, incapaces, ávidos, groseros, mezquinos; mi soledad no me asusta, es casi olímpica.

Caminé por Viamonte y descendí hasta los muelles. Me senté por ahi y lloré. El agua sucia, abajo, me tentaba constantemente: ¿par qué sufrir? El suicidio seduce por su facilidad de aniquilación: en un segundo, todo este absurdo universo se derrumba como un gigantesco simulacro, como si la solidez de sus rascacielos, de sus acorazados, de sus tanques, de sus prisiones no fuera más que una fantasmagoría, sin más solides que los rascacielos, acorazados, tanques y prisiones de una pesadilla.

Luego, medida que me enfriaba, aquellos trozos se fueron uniendo a otros que iban emergiendo de mi consciencia y el paisaje fue reconstituyéndose, aunque con la tristeza y la desolación que tienen los paisajes que surgen de las aguas.

Desperté tratando de gritar y me encontré de pie en el medio del taller.

Un hombre tiene madre,mujer y un chico. Una noche matan misteriosamente a la madre. Las investigaciones de la policía no llegan a ningún resultado.

[…] recuerdo vagamente que me levanté, que tomé un taxi y que me fui a un bar de la calle 25 de Mayo o quizá de Leandro Alem. Siguen algunos ruidos, música, unos gritos, una risa que me crispaba, unas botellas rotas, luces muy penetrantes. Después me recuerdo pesado y con un terrible dolor de cabeza en un calabozo de comisaría, un vigilante que abría la puerta, un oficial que me decía algo y después me veo caminando nuevamente por las calles y rascándome mucho. Creo que entre nuevamente a un bar. Horas (o días) más tarde alguien me dejaba en mi taller.

No sé cuanto tiempo pudo haber pasado hasta que las primeras luces del alba entraron por el ventanal. Entonces me arrastré hasta el baño y me metí, vestido en la bañadera . El agua fría empezó a calmarme y en mi cabeza comenzaron a aparecer algunos hechos aislados, aunque destrozados e inconexos, como los primeros objetos que se ven emerger después de una grande inundación .

Me pregunto si pasaba algo grave.

La vida aparece a la luz de este razonamiento como una larga pesadilla, de la que sin embargo uno puede liberarse con la muerte que sería así, una especie de despertar. ¿Pero despertar a qué? Esa irresolución de arrojarse a la nada absoluta y eterna me ha detenido en todo los proyectos de suicidio. A pesar de todo el hombre tiento apego a lo que existe, que prefiere finalmente soportar su imperfección y el dolor que causa su fealdad, antes que aniquilar la fantasmagoría con un acto de propia voluntad.

Ese día fue execrable

Salí de mi taller furiosamente. A pesar de que la vería al dia siguiente, estaba desconsolado y sentía un odio sordo e impreciso. Ahora creo que era contra mi mismo, porque en el fondo sabia que mis crueles insultos no tenían fundamento.

Me desprecié. Esa tarde comencé a beber mucho y terminé buscando líos en un bar de Leandro Alem.

Por largo tiemp quedé estupefacto en el medio del taller, sin saber que hacer

Tengo que verte en seguida

Antes de las cinco estuve en la Recoleta, en el banco donde solíamos encontrarnos.

Mi espíritu, ya ensombrecido, cayó en un total abatimiento al ver los árboles, los senderos y los bancos que habían sido testigos de nuestro amor.

Se sentía ese calor estático y amenazante que precede a las violentas tempestadas de verano.